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lunes, 7 de agosto de 2017


Hay un lugar en la tierra donde nunca sale el sol, pero tiene luz propia. Un lugar inhóspito donde el cielo no conoce arreboles y siempre anuncia la tormenta perfecta. Un lugar donde el aire puro hace tiempo que dejó de existir y  las densas nubes de humo tóxico e irrespirable son el principal oxígeno de las más de 80000 personas que están condenadas a vivir en este mundo tan cruel como real. Llegar allí no tiene pérdida, basta con tomar el camino que sube desde el infierno y llegarás a Jharía, la ciudad que vive sobre las llamas desde hace más de 100 años.

                                             
No suena ningún despertador, pero una ligera claridad en el cielo anuncia que un nuevo día despunta en Jharía. 





Hoy la predicción del tiempo es la misma que ayer, y que el mes pasado… incluso el año pasado. No ha cambiado desde que todos y cada uno de sus habitantes recuerdan.  Temperaturas insoportables, cielos cubiertos de nubes de gases venenosos y de nuevo soplarán humos de óxidos y dióxidos de carbono, nitrógeno y azufre.



                                                       
La ciudad por fin ha despertado, aunque como cualquier ciudad en India, nunca haya logrado quedarse del todo dormida. Hace rato que oigo a mi madre trastear por el cuarto. 



El cansancio me impide abrir los ojos y saltar de la cama con energía. No he podido dormir tan a penas a causa de esta  tos tan molesta, pero eso no es excusa. Mi padre anoche tosió tanto que al final vomitó y ya hace rato que se ha levantado. 


Aunque hoy el día empieza como muchos otros, hoy no es un día cualquiera. Quiero acabar pronto de trabajar porque me gustaría llegar a tiempo al colegio. Hace días que no puedo ir. 






El maestro dijo que esta semana estudiaríamos la región en la que vivimos, aunque yo ya sé que se llama Jharkhand y que estamos en el distrito de Dhanbad al noroeste de Calcuta.



Estoy ansiosa por oír las historias que nos va a contar.
Seguro que hablamos de porqué esta ciudad y su actividad minera es tan importante para nuestro país y porqué en 1916 se produjo un incendio en la mina que todavía hoy, 100 años después,  sigue muy activo. Dicen que se calcula que con el carbón existente en la zona podría continuar activo hasta 3600 años más… 



La verdad es que nosotros ya estamos acostumbrados a ver el fuego por todas las partes, aunque resulte muy peligroso. A veces el suelo se hunde y engulle partes de la mina como si fuera un gran monstruo.



Una historia apasionante la de mi región …. Pero antes tengo que cumplir con mis obligaciones.



No hay tiempo de darse una ducha y me visto con la única ropa que tengo. Quizás algún día mi padre pueda comprarme unos zapatos con el dinero que obtiene de trabajar en la mina. Me gustaría que fuesen rojos, del mismo color rojo que el sari de mi abuela. Nunca he visto unos así, pero cuando pienso en ellos y los imagino en mis pies, yo los veo preciosos. 



Después de lavarme la cara acudo corriendo a saludar a mi abuela, y ella como todas las mañanas me la seca con su sari. Me encanta sentir ese color rojo y ese olor delicioso a naan recién hecho de cerca. 




Como rápido mi desayuno para poder jugar un poco antes de que mi padre termine de hinchar la rueda de la bicicleta.  Lo tiene que hacer todos los días porque siempre está deshinchada. Debe ser por el peso de los sacos de carbón que cargamos para ir al mercado. 







Hoy no he tenido mucho tiempo para el entretenimiento y mi padre enseguida me reclama. Son las 06:00 de la mañana y es hora de abandonar la casa. 







Cuando me alejo, siempre me vuelvo para regalarle una sonrisa de despedida a mi abuela mientras ella se queda barriendo la entrada de nuestra casa. 







Y todos los días veo como ese rojo se apaga hasta convertirse en gris. Todo en Jharía es monocromático.



Ponemos rumbo a la mina. Hoy mi padre anda más despacio de lo normal y tenemos que pararnos varias veces. Parece que tiene dificultad al respirar. Yo creo que debería descansar un día, aunque sería la primera vez que viese a mi padre quedarse en casa.  



Al llegar tenemos que separarnos. Mi padre me da una palmada en el hombro y me recuerda que tenemos muy poco tiempo hasta que los guardias empiecen los primeros turnos a las 08:00 de la mañana. 





Si en alguno de los viajes me cruzo con alguno de ellos, tengo que correr todo lo que pueda o si no nos tocará pagar las 15 rupias que nos exigen por hacer la vista tan gorda como sus barrigotas y evitar así que nos tiren la mercancía y nos obliguen a abandonar la mina. 



No es fácil correr con unas andrajosas chancletas de goma quemadas por las brasas mientras sorteo las llamas y trato de no perder ningún trozo de carbón. Pero todos sabemos que cuantos más kilos podamos sacar para venderlos en el mercado, más dinero ganaremos. 






Mi padre desaparece tragado por una inmensa nube de humo. Y yo me quedo mirando mis pies negros, imaginando cómo de difícil será andar entre el carbón con mis nuevos zapatos rojos.




Y aunque la historia que acabáis de leer sea ficticia, bien podría ser un día cualquiera, de una niña cualquiera, de una aldea cualquiera de las muchas que están asentadas en el cinturón minero de Jharía.



Cuando antes de iniciar nuestro viaje nos preguntaban cuáles habían sido los motivos que nos habían llevado a elegir este infernal destino terrenal, no sabíamos que responder. Quizás esa obligación moral que nos imponemos de contar a través de nuestras fotos que en el mundo existen lugares que son difíciles de imaginar.



Sin duda no fue fácil desarrollar este proyecto. No sabíamos cómo podríamos llegar a esta zona que se encuentra situada a unas 5 horas de Calcuta y que no está incluida en ninguna ruta turística. Tampoco sabíamos si una vez resuelto el tema del transporte podríamos entrar en la zona minera. 



Y mucho menos cual sería la reacción al ver husmear a dos extranjeros con sus equipos fotográficos en una zona donde el conflicto entre el gobierno y los habitantes de estas aldeas mineras es muy tenso desde hace años.



Por un lado, las autoridades locales quieren desalojar estos asentamientos mineros debido a los graves problemas de salud que sus habitantes sufren que derivan en una alta y temprana mortalidad. También es cierto que uno de los pilares fundamentales del crecimiento económico de India está basado en la obtención del carbón de coque.


India es el principal productor y consumidor de esta fuente de energía, imprescindible para mover toda su industria siderúrgica, centrales térmicas y también para su uso doméstico. Conseguir este objetivo de desalojo, supondría la ampliación de la zona de extracción de este mineral.



Sin embargo sus habitantes, que viven del comercio ilegal del carbón de coque muy abundante en cantidad y calidad en esta zona, se niegan a salir de este hábitat tan hostil y que tan lentamente los va matando, ya que eso significaría su condena porque la mayoría se quedarían sin tierra, sin casa y sin medio de vida ni sustento.



Cinco fueron los días que pasamos en este distrito. Y tal y como imaginábamos no pasamos desapercibidos. 



La recepción el primer día en el hotel fue fría, arisca, cortante y bastante desagradable. Una actitud que nosotros tradujimos como un “no queremos problemas”. No hicieron nada por facilitarnos la labor y tampoco quisieron darnos nada de información. Desgraciadamente, un  repentino ataque de pérdida de memoria se cebó con todo el staff cuando les preguntamos qué pasos debíamos seguir para conseguir el acceso en una de las minas. Enseguida comprendimos que tendríamos que utilizar toda nuestra imaginación para buscarnos la vida y lograr nuestro objetivo.



Nuestro chófer al principio tampoco estaba por la labor. No tenía muy claras nuestras intenciones y tampoco quería verse envuelto en ningún  oscuro asunto lejos de su querida Calcuta natal. Aunque en este caso,  fue fácil convencerle y su disposición cambió en el mismo momento en el que le recordamos que todavía quedaba la mitad del importe negociado por pagar.



Con este recibimiento, solo nos quedaba una última baza que jugar a esta ruleta en la que teníamos mucho que perder pero también mucho que ganar: Intentar que los habitantes de las aldeas mineras nos abrieran las puertas de sus casas, de sus vidas y de su día a día, algo que a priori nos parecía algo así como imposible.



Y qué equivocados estábamos….!!



Nuestra llegada causó un gran revuelo. Enseguida salieron a nuestro encuentro y los jefes de la aldea lo primero que hicieron fue someternos a un tercer grado sobre el motivo e intenciones de nuestra visita.



Parece que nuestra explicación sonó convincente y con ese gesto tan característico indio de negar con la cabeza cuando quieren decir que sí, nos indicaron el camino hacia su particular infierno.  Durante los siguientes días tuvimos unos anfitriones de lujo que nos acompañaron y nos abrieron paso hasta las entrañas de la zona minera.



Aunque intentamos conseguir un permiso oficial para visitar la mina, nos resultó imposible, así que de la mano de aquellos que saben esquivar mejor que nadie a los guardianes del infierno pudimos llevar a cabo nuestro proyecto fotográfico. 



A veces la aventura se veía truncada cuando aparecía el personal de la mina por sorpresa y en varias ocasiones fuimos expulsados. Pero volvíamos de nuevo escoltados por aquellos que día a día tienen que jugar a este peligroso juego del escondite porque es la única forma que tienen de sobrevivir.







Y nosotros quisimos ser testigos de ello.





Gracias Jharía por vuestro cariño, por esas sonrisas sinceras, por protegernos y cuidarnos tan bien durante nuestra estancia, por ayudarnos a conseguir nuestro propósito y por demostrarnos una vez más que la grandeza de las personas es inversamente proporcional a las oportunidades que la vida te da.







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